Foto: Milagros González
Intenso, detallista, pero con corazón puro. Un recuerdo de la práctica de los luchadores del Legion Dojo en sus tiempos en Riestra, antes de pasar a su actual sede en el partido bonaerense de Lanús.
Nota publicada originalmente en la revista digital Alternancia de México, 2025.
En la Sede Social del Club Deportivo Riestra, ubicada en el barrio porteño de Nueva Pompeya, a las 11 de la mañana se vivía una escena peculiar. A pesar del calor que superaba los 25 grados, el interior de las instalaciones permanecía en penumbras: era sábado y todavía no había comenzado el bullicio de otras actividades, excepto las clases de lucha libre impartidas por Francisco Rolon.
Para acceder al dojo, había que subir por unas escaleras escondidas en un pasillo. Al llegar a la cima, la luz irradiaba con intensidad. Al pisar el último escalón, lo primero que se veía era una decena de jóvenes ejercitando sus músculos en el centro del ring, rodeado de banderas de distintos países: Argentina, Estados Unidos, México, Japón, Reino Unido, Chile, Venezuela, Bolivia, entre otros. Algunas representaban los lugares adonde algunos integrantes del dojo habían ido a luchar, y otras, los países de origen de luchadores extranjeros que habían pasado por la escuela.
La mayoría de los chicos que entrenaban eran veinteañeros y vestían ropa cómoda. Estaban reunidos en ronda. Para calentar, Rolon comenzó la clase con elongaciones de cada parte del cuerpo: hombros, muñecas, rodillas y cuello, una zona que requiere especial cuidado y fortalecimiento. Hay antecedentes de grandes luchadores de Estados Unidos, como Bryan Danielson y Edge, cuyas carreras se vieron truncadas durante varios años debido a graves lesiones en esa área.
La acción empezó con los alumnos formando una fila y avanzando hacia una esquina del ring. Su tarea era realizar un roll hacia la otra esquina, lo que generaba un ruido sordo al impactar contra la lona. Luego debían repetir el movimiento con una variante: un segundo roll sobre el profesor, que se posicionaba en cuatro patas, como un animal. Al girar sobre él, los alumnos debían caer de pie. El profesor ilustró la técnica con un alumno como ejemplo, mostrando claramente cómo ejecutar el movimiento.
Tras algunas repeticiones, introdujo otra actividad. Se colocó con las piernas abiertas y el torso inclinado hacia adelante, en un ángulo de 45 grados. Los luchadores debían impulsarse apoyando ambos brazos en su espalda, saltar con las piernas abiertas, caer boca abajo, pasar por debajo de las piernas del profesor en reversa, y luego volver a saltar para regresar a la fila. El ritmo se intensificó rápidamente, aumentando el estruendo de los cuerpos contra la lona.
En este punto empezó a notarse, además del olor a sudor, el ambiente fraternal que generaban algunos de los jóvenes prospectos: se gritaban, se alentaban, se insultaban con buena onda, compartían frases célebres, referencias del mundo del wrestling y chistes internos con humor negro. Por el cuadrilátero corrían aires de camaradería.
A medida que avanzaba la clase, Rolon les hizo realizar ejercicios cada vez más complejos, hasta llegar al momento en que cada uno debía practicar una sucesión de combos a aplicar, a libre elección, sobre alguno de sus compañeros. En el ring, cada movimiento requiere técnica y precisión: nada se deja al azar. Todos los luchadores están en constante búsqueda de mejorar sus habilidades, y este es el aspecto deportivo (y real) de la lucha libre.
Rolon, con la mirada atenta de un león, observaba las ejecuciones de cada alumno. Interrumpía y corregía cuando era necesario. “Las rodillas más arriba”, “girá más”, eran algunas de las indicaciones que les daba. Ejemplificaba con su propio cuerpo, porque en este arte se enseña y se aprende más haciendo que hablando.
Para finalizar la clase, Rolon les propuso una dinámica que ponía en juego su creatividad: bookear una lucha. El bookeo en lucha libre es el proceso de planificación y organización de los combates y las historias que se desarrollan en un evento. Es fundamental para mantener la emoción y el entretenimiento de los espectadores: implica decidir qué luchadores se enfrentarán, cómo se desarrollarán las rivalidades y qué resultados tendrán los combates. Es ahí donde aparece la parte teatral, que muchas personas que desconocen el tema critican con prejuicio, calificando despectivamente a la lucha libre como “falsa”.
Rolon planteó una condición para el combate que debían armar sus pupilos: debía ser un “gauntlet match” de 15 minutos, en el que debía ganar Gint Giovanna, el poseedor del Campeonato Máximo de Legión Nueva Era, la marca de espectáculos que lidera Rolon. Un gauntlet match es un tipo de lucha donde un participante debe enfrentarse a varios oponentes uno tras otro, sin descanso entre las contiendas. El objetivo es derrotar a todos para ganar el combate. Es una prueba de resistencia y habilidad.
Los integrantes del dojo debatieron quién empezaba primero, el orden de aparición y cómo iba a ser cada entrada. “Yo hago esto”, “yo hago aquello”, “yo soy ‘face’ (bueno, técnico, héroe)”, “yo soy ‘heel’ (malo, rudo, villano)”, “esto debería ser así”, “deberíamos estar separados”… Fueron varias las ideas que discutieron entre sí. Piedra, papel o tijera y “ya pe yu” fueron algunos de los juegos de manos a los que recurrieron para decidir democráticamente qué hacer. Así determinaron el orden de entrada.
Ya no se trataba solo de aplicar técnicas, sino de usar la creatividad para armar la secuencia de una lucha, mezclando el aspecto teatral de contar una historia. Practicaban qué movimientos hacer y cómo ejecutarlos.
Los primeros en iniciar el combate fueron el luchador religioso Valentino y “la joya del dojo”, Matt del Mul. Gushand, el enmascarado apodado “La Mano Maldita”, actuó como árbitro. Del Mul fue dominante, pero Valentino lo sorprendió y lo eliminó. La joya no aceptó la derrota y lo atacó a traición. Así siguió el combate: cada vez que un luchador perdía, ingresaba otro. Los jóvenes Juan Pollachi y Percy, así como el grotesco y fetichista enmascarado Mutante Melvin, desfilaron por el ring aplicando varias de las técnicas y combos practicados a lo largo de la clase. Cada uno aportó, con sus ejecuciones artísticas, el impacto necesario para que finalmente el campeón Gint Giovanna se llevara la victoria.
La química que lograron para montar un buen combate en pocos minutos fue clave. Llaveos, patadas, vuelos por encima de la tercera cuerda y distintos tipos de combos abundaron en la lucha. Rolon, con cronómetro en mano, puso pausa apenas ganó Giovanna: la lucha había durado 15 minutos y 26 segundos, cumpliendo con el tiempo estipulado. Luego les dio su devolución uno por uno, ofreciendo consejos sobre qué hacer, qué evitar y qué había salido bien.
Todos estaban agotados, pero satisfechos con lo vivido aquel caluroso mediodía. Así terminó una clase más en el dojo de Legion, uno de los grandes semilleros de la lucha libre argentina.





